Perdidos entre cocodrilos, gaviotas, manglares y naufragios, bajo el penetrante sol playero de la mágica costa guerrerense que broncea las espaldas perladas de sudor de quienes trabajan nuestra tierra. De los hermosos rincones selváticos de la inexplorada Costa Chica mexicana viene esta cerveza de ligera textura pero abrumador sabor, que recuerda a ese sopor de la siesta que relaja y a la vez entretiene. Una mezcla tan gloriosa de frescura y dulzura no podía venir más que de los humedales guerrerenses, lugares de infinita belleza, pacíficos y a la vez feroces en su virgen belleza… de largas espigas de caña meciéndose en suaves brisas marinas. Su frescura nos recuerda a los manglares repletos de bestias fabulosas y terribles y aves de hermoso plumaje que recuerdan a sueños exóticos de incienso y vela; que cantan desde el alba para hacernos saber que esos territorios son suyos, y que cantan al anochecer para recordar su presencia milenaria.Y de Don Hilario.
Don Hilario, un sabio octogenario de Cuajinicuilapa, recibió de sus ancestros antiguos y misteriosos secretos para elaborar un elixir universal. El líquido, bien preparado, tiene la fama de curar todos los males de la dura vida costeña, los males físicos y los males espirituales. Se cuenta que cuando por primera vez Hilario, siendo aún un muchacho imberbe, probo el menjurje, surgió en él una necesidad de vivir la vida de forma diferente, de desprenderse de esa apatía que a veces ocurre en largas tardes de húmedo calor. El fermentado de lúpulo cebado que, bebido parece cubrir de gloria todos los rincones del cuerpo y sanar todos los achaques. Desde dolores de estomago hasta tristezas profundas.
Conocimos a Don Hilario en el verano del 2007. Éramos cuatro jóvenes menores de edad, apenas conociendo la libertad que existe en la tierra, y por primera vez emprendíamos una travesía de gran magnitud, en soledad y con bajo presupuesto. Descubrimos Cuajinicuilapa incidentalmente al detenernos a recargar gasolina tras una larga jornada de caluroso viaje. Sorprendidos y a la vez hipnotizados por la abrumadora población de rasgos africanos decidimos indagar un poco, solo pasearnos y ver más de aquel cautivante lugar.
La capital afromestiza de México, nos dijeron. Caminando bajo una enorme acacia que se mecía en la suave brisa, preguntamos a un muchacho por un lugar para refrescarnos. El muchacho, de pelo rizado y tez morena como el ébano nos guío entre la selva y cruzando algunos riachuelos a la cabaña de Don Hilario. Era su nieto, nos dijo, uno de tantos.
Al entrar en la cabaña, que despedía un frescor muy confortable, y un olor como a incienso y a cebada, como perfumes de historia, descubrimos a un hombre mayor jugando con una docena de niños. Don Hilario era un anciano de forma musculosa, había sido pescador y campesino la mayor parte de su vida hasta que comenzó a preparar la milenaria cerveza. En su arrugado rostro se notaba la vida al aire libre, en su tez tostada por el sol y sus rudas manos, coronado con una barba blanca que le daba el honor de el más sabio de los sabios. Por más viejo que estuviera -casi no recordaba cuando había nacido- era fuerte como un toro y nos lo demostró recibiéndonos con un caluroso abrazo. Sin hacer mucho ademán nos ofreció una cerveza que estaba en un tambo de metal rodeado de hielo, la aceptamos sin chistar y esperando quitarnos esa sed de camino.
El sabor era indescriptible, lágrimas corrieron por nuestras mejillas. Parecía satisfacer exactamente lo que necesitabas satisfacer. Si era calor lo que tenías, el calor desaparecía, si era sed lo mismo sucedía. A uno de la comitiva incluso le ahuyento el hambre, y a otro se le quito un dolor de oído que acarreaba desde las montañas, de donde proveníamos. Felicitamos con un ademán a nuestro anfitrión y le pedimos que nos charlara un poco.
La voz de Don Hilario era pausada y profunda, como una caverna de mar y tierra y mundo, como si el tiempo fuera insignificante a esa voz. Antes de la llegada de los conquistadores españoles, nos dijo, los antiguos Olmecas preparaban una bebida de dimensiones divinas, una bebida para saciar la sed de los dioses. Con la llegada de los güeros (así los llamaba Don Hilario), ocultaron la receta. Con los españoles también vino la llegada de esclavos negros provenientes del África.Tribus milenarias de toda África eran arrancadas de sus hogares y obligadas a realizar un éxodo de crueles dolores para alcanzar una tierra desconocida.
Los esclavos rebeldes encontraban en los pueblos de indios un gran refugio y aliados incondicionales. El mestizaje no se hizo esperar. Se formaron grandes comunidades libres donde vivían en armonía todos, y fue de esta forma pacífica que ambas culturas confluyeron para formar otra. Los indios revelaron a los esclavos rebeldes la receta mágica para preparar el brebaje. El sincretismo y ciertos adelantos europeos solo reemplazaron los frutos selváticos y hierbas medicinales por cebada, pero la magia permaneció la misma, y se conservaron muchas de las cualidades de la medicinal bebida.
Tras su explicación, Don Hilario se sentía algo sofocado, pidió a sus nietos que le trajeran un paño con agua y una botella de cerveza que guardaba en la alacena. “Esta -nos dijo- sí que me la llevo para la tumba, pero a ustedes queridos hijos, les dejo esta.”Nos señaló un polvoriento y apergaminado bulto de papeles.
Hoy en día los jóvenes pierden el apego a sus raíces cada vez más, nuestra razón domina nuestra mente, pero la razón es una parte de nuestra mente. Don Hilario es una bandera de su milenaria tradición, el último baluarte entre la realidad y la fantasía, y nos mostró el secreto, compartió con extraños su sabiduría. ¿Porque a nosotros, un trío de güeros, de extraños jóvenes de la metrópolis? Le preguntamos y Don Hilario, segundos antes de morir, nos dijo... "El mundo se está yendo al carajo, más vale darle una pequeña luz"
Primeros pobladores europeos de Cuajinicuilapa, 1621.
Cabaña de Don Hilario, 1912.
Su sabiduría y su gran cariño, su cósmico conocimiento y su iluminada conciencia seguirán con nosotros, protegiendo al mundo de sí mismo.